Cada vez que se habla de prohibir los móviles en el patio, la conversación se queda en la superficie: castigar el síntoma sin mirar la causa.
El problema no es el aparato, sino lo que hacemos con él: consumir sin pausa contenidos diseñados para retenernos y compararnos.
El síntoma y la causa
En lugar de vigilar bolsillos, el centro podría enseñar a configurar el tiempo de pantalla, a detectar bulos y a aburrirse un poco, que también hace falta.
Prohibir es rápido y da titulares. Educar es lento y no sale en la foto. Pero solo lo segundo nos sirve cuando salimos por la puerta del instituto.